Puntiagudo

Las tres semanas siguientes disfrutamos en nuestro paraíso incrustado en el corazón del parque nacional Vicente Pérez Rosales, lejos de todo y una eventual posibilidad de nos comunicar por un teléfono que tenia voluntad própia de funcionar dependiendo de factores que no conseguíamos cuantificar. Diversas tentativas de correlacionar lluvia, sol, viento o horarios no coincidían, en la hora que pensábamos “ahora si ...” y disecábamos 9 para agarrar línea, escuchábamos nada, tuuut.. tuuut.. tuuut o del otro lado “haló, haló, halooo-o!” no nos entendían.
Se inició un período de pesca, pasear por el bosque, subir al cerro “Sin Nombre”, copuchando con los compadres Hermann y Yolita, siempre acompañados de nuestros nietitos adorables. Que adrenalina para un abuelo salir de pesca con tres pulgas saltando en un botecito, los salmones picando, y cada uno queriendo le dar el golpe de gracia al pescado que está saltando entre los pies descalzos y la boca llena de anzuelos. Un para de excursiones a Pto. Varas fueron un horror de correrio interrumpido por comilonas de mariscos en el “Club Alemán” donde éramos saludados efusivamente por nuestros viejos conocidos de siempre. Era como sacudir el polvo de la quietud y contemplación de Puntiagudo (quien escuchó el grito melancólico de la Huala en un atardecer con el sol lentamente bajando detrás del Osorno y la caña de pesca flojamente descansando en las manos, entenderá) y sé tirar en el torbellino de horarios, compras, autos agresivos y gente por todos los lados!!! Pto. Varas dejó de ser el pueblito tranquilo y dormido de antes, hoy es una pequeña ciudad llena de semáforos y agitación. Desaparecieron hasta los atorrantes y nadie me pidió una limosna o se ofreció para limpiarme los zapatos. Para que hablar de Pto. Montt, mejor me quedo en São Paulo. Debo agregar todavía que el plato de erizos con cilantro, cebollitas picadas y jugo de limón seguido de un plato con choros maltones a la parmeguiana en “La Olla”, fueron el máximo de mis orgías gastronómicas.
Navidad comienza para mi con el cumpleaños de Vani el 23, es el recuerdo de un tan lindo regalo de navidad recibido hace 35 años. Comenzó la búsqueda del arbolito, vi uno aquí... hay otro mas bonito allá... Encontramos uno junto al río Puntiagudo, me dio harta pena cortarlo para satisfacer la larga tradición navideña europea. Quedó lindo en nuestro “livingcito”. Laura y Arthur lo decoraban cantando canciones navideñas aprendidas en la escuela interrumpido por gritos y correrios para evitar que Richard robe los Viejitos Pasqueros de chocolate. En la Capilla donde nos casamos ( y donde Vani siguió nuestro ejemplo constituyendo ya casi una tradición) HE con los nietitos decoró y montó un pesebre con figuras, pastitos y musgos tan integrado a nuestro entorno idílico. En el atardecer del día 24 subimos a la Capilla, encendimos las velas de cera de abeja en el altar y Martín relató para los niños el Cuento de Navidad entre los gritos de Richard que insistía para tocar la campana, su único interés. Después de satisfechito el deseo de Richard, Laura y Arthur, por iniciativa propia, se adelantaron al altar, tomados de la mano y mirándose uno al otro iniciaron una serie de cantos navideños, primero en alemán siguiendo en portugués. Fue el máximo para nosotros, se me hinchió el corazón de tanta emoción. Volvimos para la casa y allá havia pasado el Viejito Pascuero, lo divisamos todavía subiendo la cuesta, nos hizo un gesto de saludos y desapareció en el bosque. Dejó el arbolito lleno de regalos, hasta se le cayeron algunos en el pasto al frente de la casa, tan lleno traía su enorme saco. Las velas ascendidas, un CD con canciones navideñas y comenzó el abrir de tesoros, linda nuestra fiestita. Siguió un Champagne para los viejos en la terraza, con el Volcán Tronador mostrándose intensamente dorado a la luz del crepúsculo. La cena estaba constituida por una ensalada de salmón pescado y ahumado por mi seguido de un risoto de callampas secas, preparado por Vani, acompañado de vinito del mejor guardado hace años en mi “bodega de vinos” (una caja de cartón sellada con “silvertape”). El día siguiente era mi cumpleaños, temprano en la mañana los nietitos me trajeron café a la cama saludando cariñosamente a su “Tata”. El día anterior, con la ayuda de “Chota”, conseguí finalmente hacer funcionar la Tortolita, linda lanchita de madera de alerce que es mi mascota. Con el lago como espejo volábamos sobre las aguas dando vueltas y vueltas.
Llegó el día de iniciar una cabalgata de 3 días de Ralún a Río Blanco organizado por “Chilo”, llovía. Martín y yo íbamos participar. Ya unos días antes comenzamos a nos preparar saliendo a caballo, probando las monturas y juntando lo indispensable para llevar. Mis botas de montar encogieran o mis pies deformaran, era imposible de aguantarlos por más de media hora. Con esto ya no podía enfrentar lluvia y desistí de ir. Que pena, mis pensamientos vagaron para una cabalgata que hice hace más de 40 años atrás, vestido con largas botas debajo de un poncho “Manta Castilla” con un sombrero de huaso negro montando un fuerte caballo en una lluvia fina y constante por valles cordilleranos en la zona de Chillán. Todavía siento la emoción y adrenalina recorriendo mi espalda al bajar laderas con el caballo equilibrándose con los pies bien juntitos y dejando caer las patas en el próximo hoyo mas adelante. Fue el máximo, yo silbaba canciones inexistentes mientras mi compañero refunfuñaba, hablando algo así como “que mierda de tiempo”. Martín partió vistiendo mi viejo sombrero de fieltro y volvió maravillado de lo que es una cabalgata cordillerana en la lluvia, les llovió los tres días por parajes increíbles y travesías de ríos hasta la montura. Solo que no tenia compañero que refunfuñaba.
La noche de año nuevo la pasamos comiendo y tomando mis ultimas botellitas de “Carmen Insigne”. El día siguiente Carlos preparó, en su fantástico asador, un Cordero y Chanchito que acompañado de buen vinito, papitas, ensaladas y evidentemente antecedido de mucho “picosauer” nos dejó lona. Mas tarde reunimos todavía fuerzas para saludar los Adam en el Coigue, el viento sur hacia bailar la lanchita salpicándonos con agüita fresca. El día 2 era cumpleaños de “Chilo”, partimos en patota a la “Chamuscada” con una gran torta de merengue con frambuesas recogidas detrás de nuestra casita por HE de madrugada. Desgracia para mí ver a todos comiendo esta delicia y yo chapándome los dedos sin poder comer por su alto contenido de azúcar. Volvimos a casa y desenvolvimos una febril actividad de “cierre de casa y guarda de botes” ya que al día síguete terminaba nuestra estadía en Puntiagudo retornando a viajar con nuestra fiel PA abandonada en Petrohué.